Un hombre con varias vidas y resurrecciones. Eso podría decirse de Robert Downey Jr., y pese a ello no alcanzaría para resumir su larga trayectoria hasta el momento, los vaivenes de su vida personal y profesional, y la singularidad de sus orígenes como artista. Fue el hijo de uno de los visionarios del cine underground de los tardíos 60, aquel que lo formó para grandes aspiraciones y también le arrebató el “Senior” de su nombre propio. Fue también un actor de moda en los años 80, un habitante de esa camada fulgurante y pasajera de chicos lindos y rebeldes, algunos integrantes del llamado ‘Brat Pack’ como Andrew McCarthy y Emilio Estevez, otros que buscaban un lugar más duradero y trascendental. Y después fue objeto del escarnio en la prensa sensacionalista debido a sus adicciones y disturbios callejeros, a las detenciones y la definitiva rehabilitación.
A comienzos de los años 2000, todo parecía terminado para el actor, aunque todavía no había cumplido los 40. De repente llegó el primer renacimiento, aquel que lo convirtió en el Hombre de Acero, el Rey de Marvel, el primero de todos los superhéroes de la era dorada, la gallina de los huevos de oro de esa saga que parecía interminable y que hoy busca reinventarse. Y después del cierre de su prolongado ciclo en la franquicia de Iron Man, llegó el Oscar y el prestigio con la Oppenheimer (2023) de Christopher Nolan: asomaba el horizonte de una nueva vida para recomenzar. ¿Será esta vez como el villano de Los 4 fantásticos, el maléfico Doctor Doom?
Es extraño resumir los logros de Robert Downey Jr. en una lista de títulos tan distintos, tan dispares: Las chicas solo quieren divertirse (1985), El cielo se equivocó (1989), Asesinos por naturaleza (1993), Ricardo III (1995), Los federales (1998), El detective cantante (2003), Una guerra de película (2008), El solista (2009). Parecen fotografías de vidas diferentes, casi incompatibles. Pero fueron estaciones en el camino de aquel joven prometedor en los 80, cuya carrera daba hits y tumbos casi como en un ciclo interminable, y también postales de un lento e inesperado resurgimiento que lo convirtió en sinónimo del mainstream, aquel que le había dado la espalda por sus tropiezos, aquel que su padre había signado como un entretenimiento de verano, aquel que lo celebró con números astronómicos el primer fin de semana después del estreno de Iron Man en 2008.
En una entrevista con The New York Times en julio de 2023, cuando Oppenheimer fue anunciada como el posible cambio de juego para el actor tras el agotamiento del universo superheroico, destacó: “Desde que mi barco llegó a puerto, allá por 2008 después de ese primer gran fin de semana de Iron Man, me he convertido en un experto en los cambios del negocio, en los vaivenes de este arte creativo. Pero nunca he terminado de entenderlo, siempre me sorprende como un mosaico que se transforma una y otra vez”.
Oppenheimer, con su meteórica carrera por la taquilla y su posterior lista de premios de la Academia -que incluyó uno para el propio Downey Jr. por su papel de Lewis Strauss, expresidente de la Comisión de Energía Atómica y una especie de archienemigo del creador de la bomba atómica, anticipando esa tentación de cambiar de bando entre buenos y malos-, parecía ofrecer un nuevo borrón y cuenta nueva. Como aquel de los años 2000, después de la prisión y las internaciones para rehabilitación por consumo de drogas, que le valió el “segundo tiempo” de su carrera. Similar, quizás, porque la película de Christopher Nolan implicó un cambio de registro, de la industria más concentrada hacia la estela del cine de autor en lo que él mismo denominó la “batalla por el alma del cine”. Pero diferente, porque los años no pasaron en vano, y ahora que sopla 60 velitas el margen de maniobra parece angostarse y los volantazos suelen ser más arriesgados, más temidos.
Pese a todo ello, Robert Downey Jr. no parte del mismo lugar de entonces, aquel previo a la caída en desgracia de finales de los 90. En aquel tiempo era un joven con algunos éxitos: la participación en Ciencia loca (1985) de John Hughes le había valido el primer destello de popularidad, luego comedias exitosas como El cazachicas (1987), o la inolvidable El cielo se equivocó con Cybill Shepherd y Ryan O’Neal, o Solo tú (1994), que lo consagraba en un protagónico romántico junto a Marisa Tomei. Ya entrados los 90 llegaron algunas apuestas más prestigiosas, como la biopic Chaplin (1992) de Richard Attenborough, o el trabajo con directores como Robert Altman en Ciudad de ángeles (1993) y Hasta que la muerte nos separe (1998), con el Oliver Stone de Asesinos por naturaleza y en la consolidación de Jodie Foster como directora en Feriados en familia (1995). Pero lejos estaba de ser una estrella, no a la altura de algunos de sus congéneres como Tom Cruise o Demi Moore que habían saltado de los 80 a los 90 con millones tras sus espaldas.
Iron Man le garantizó esa cucarda, ese lugar de privilegio que hoy le permite medir con astucia el negocio, evaluar hacia dónde ir cuando las mieles de los superhéroes han perdido su dulzor, revitalizar sus ambiciones de actor de carácter, aquel que corría en la venas de la familia y no parece haber olvidado. “Cuando me llegó la propuesta de Nolan ya comenzaba a preguntarme si algunos de los músculos no habían comenzado a atrofiarse”, expresa en la charla con David Marchese en el Times. Es que para entonces hacía tiempo que no aparecía en pantalla en un personaje importante que no fuera Tony Stark o Sherlock Holmes, la otra franquicia con la que convivió en las últimas décadas -y que ya tiene su tercera entrega en preproducción-, y lo último había sido Downey’s Dream Cars (2023), una docuserie en la que algunos de sus autos clásicos habían sido reacondicionados para que fueran más ecológicos. También produjo en ese tiempo la serie Perry Mason (2020-2023) para HBO, que obtuvo muy buenas críticas pero no alcanzaron para evitar que la cancelaran en su segunda temporada. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo negociar esas aspiraciones actorales postergadas desde su juventud con las demandas de un negocio cada vez más exigente? ¿Sentía ambivalencia por haber sido el sostén de una industria tan abroquelada en la que ahora era tan difícil aproximarse a los riesgos?
Esa última pregunta parece inquietarlo todavía. “Si pensamos en las películas más taquilleras de todos los tiempos, como Lo que el viento se llevó o Los diez mandamientos, la mayoría sigue teniendo vigencia aun cuando en esos años hubo películas que representaban mejor la esencia del cine”, reflexiona. “Sin embargo, yo no tuve el lujo de preguntarme qué repercusiones podía tener que un superhéroe de segunda categoría como Iron Man se convirtiera en el disparador de un universo cinematográfico propio. Estaba viviéndolo y tenía un anillo del Super Bowl en cada mano”, se confiesa respecto a aquel vendaval que significó la meteórica consagración en la cosmogonía Marvel. “Por otro lado -continúa-, me crié en una familia que se rebeló contra la idea de que una superproducción de verano tuviera algún mérito artístico y mi padre y mi madre -Elsie Downey-, ambos asiduos al cine underground como director y actriz, eran reacios a creer que las películas exitosas fueran las buenas. Por ello estoy feliz de haber renovado mi conexión con un enfoque ‘más purista’ para hacer películas”.
En ese pretendido camino “purista”, la aparición del personaje de Lewis Strauss parece haber sido providencial. “Sentí que estaba destinado para mí”, confirma con entusiasmo. Por entonces había terminado el contrato con Marvel, interpretado por última vez a Tony Stark en Avengers: Endgame (2019), con la ambigua sensación de despedida e incertidumbre, y encaraba otros proyectos fuera de la actuación, como el trabajo en la empresa Footprint Coalition de capital de riesgo centrada en tecnología medioambiental que cofundó, y en Aura, una empresa de seguridad digital en la que aparece como inversor. “Además, me apresuré a embarcarme en lo que prometía ser otra franquicia grande, divertida y bien ejecutada: Dolittle (2020). Tenía algunas reservas al comienzo, pero estaba entusiasmado con el proyecto aunque no lo suficiente con los méritos de la ejecución. En ese momento yo era a prueba de balas. Era el gurú de todas las películas de género”. Lógicamente la apuesta por Dolittle no fue tan bienvenida como alternativa a Marvel -causando muchos problemas también para su esposa, Susan Downey, cofundadora de la productora de ambos, Team Downey-, y recién cuando llegó el llamado de Nolan el panorama parecía cobrar otro sentido.
Por ese entonces, en plena pandemia, Robert Downey Sr. moría luego de un largo tiempo enfermo. Director de la emblemática Pudney Swope en 1969 -luego, en Pound (1970), apareció por primera vez Robert Jr. como actor-, también actor secundario de algunos clásicos de los 70 y 80 como Vivir y morir en Los Ángeles (1985) de William Friedkin, y tardía aparición en algunas películas de Paul Thomas Anderson como Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999), el padre de Robert Downey Jr. había sido una figura importante en su vida, cuyas ambigüedades quedaron captadas en el documental Señor (2022), “probablemente la obra más importante que haré jamás, que fue poder convertirme en parte objeto y sujeto de los pensamientos de mi padre, un hombre que estaba muriendo”.
Fue entonces, en esa atmosfera de introspección, en la que llegó el llamado de Nolan y el proyecto de Oppenheimer, la constatación de esa necesidad de cambiar de aire, pero al mismo tiempo volver a las raíces. “Al realizar una serie de investigaciones sobre Strauss -agrega como explicación para su rauda participación en la venidera epopeya de tres horas centrada en los dilemas morales del artífice de la bomba atómica-, lo relacioné con mi propio abuelo, quien habría sido contemporáneo suyo. Robert Elias, a quien nunca conocí, estuvo en el ejército de los Estados Unidos, fue un hombre que se hizo a sí mismo. Hay una similitud interesante entre algo en lo que él estuvo involucrado y cómo Strauss probablemente se sentía en relación con Oppenheimer. Mi abuelo ayudó a hacer los cristales del edificio Chrysler, y el Chrysler y el Empire State competían por ser el edificio más grande. Entonces me pregunté: ‘¿Cómo puedo hacer que la competitividad de Strauss con Oppenheimer sea personal?’. Y lo logré a partir de esa idea: ‘¡Mirá ese edificio que no es mejor que el mío y recibe todo el brillo! No creo que exista un ser humano vivo que no haya caído en los caprichos de la comparación”.
Esa conexión entre los personajes y sus extraños estados de humor no es nueva para el ganador del Oscar. En esos años en los que la vida parecía caótica fuera de la pantalla, lo atrajeron personajes que implicaban ciertos riesgos, ciertas zonas de peligro, fronterizas con la ansiedad y la locura. En Chaplin encarnó los contraluces de la estrella del cine mudo que le valió una temprana nominación al Oscar como mejor actor; en El amor es eterno (1993), interpretó a un hombre habitado por las almas de cuatro personas muertas; en Asesinos por naturaleza, a un periodista sensacionalista sin demasiada moral; y en Blanco y negro (1999), del controvertido James Toback -con causas recientes por abuso sexual- encarnaba a un documentalista que buscaba captar el mundo del hip hop y las barriadas neoyorkinas de los 90 junto a Ben Stiller, Jared Leto, Brooke Shields, la supermodelo Claudia Schiffer y un perturbado Mike Tyson. Un decálogo de interpretaciones fuera de la norma en un cine que luego se “normalizaría” a partir de los 2000.
En 1999, Robert Downey Jr. había pasado una estancia en la prisión estatal de Central Valley por no asistir a un testeo por drogas. Ya era su segundo paso tras las rejas y había perdido su casa en Malibú. Luego de esa segunda salida de la cárcel se estrenó Fin de semana de locos (2000), de Curtis Hanson, en la que interpretaba al discípulo de un profesor excéntrico, interpretado por Michael Douglas, con quien se embarcaba en la búsqueda de una prenda que había pertenecido a Marilyn Monroe. Fue el primer paso después de ese tiempo incierto: luego llegó su aparición en Buenos días, buena suerte (2005), el debut en la dirección de George Clooney, al año siguiente Retrato de una pasión (2006), junto a Nicole Kidman, y después la película que le valió mayor fama en ese interregno hasta la llegada de Marvel, Zodíaco (2007), de David Fincher. Por entonces solía aparecer lánguido y pensativo en entrevistas, en charlas con Oprah Winfrey en el horario prime time, o en coloquios confesionales que intentaban lavar su imagen, buscar lo bueno en ese chico que parecía haberse descarriado aunque ya tuviera 35 años.
“Recuerdo con gran orgullo haber podido abordar algo así en un foro público -revela sobre aquel raid de entrevistas luego de su desintoxicación-, pese a ello, me irritaba profundamente. Me parecía injusto, punitivo e innecesariamente humillante tener que pasar por todo eso. Pero una vez que estás ahí, tenés que aguantar los golpes. En este momento tengo una relación cercana con gente que se ha visto atrapada en esta iteración de la naturaleza pendular de la cultura que decide quién está bien y quién no. Es desconcertante. Pero sí, me pesaba el shock, la autocondena, el sentirme expuesto y desilusionado de cualquier progreso que haya podido hacer… Y estamos hablando de mí a mis casi 40 años. Hoy hay algo grandioso en acercarme a los 60 y es que todavía tengo muchos de los viejos defectos. Aunque ya los conozco muy bien”.
Esos defectos también lo hicieron resistente, tanto en aquel tiempo de arduo resurgimiento como en este en el que debe lidiar con otro “día después”. El después de la era Marvel, del Oscar con Oppenheimer, de la apuesta tibia de El simpatizante (2022), que le valió una breve excursión al streaming en un thriller de espías creado por el coreano Park Chan-wook para la plataforma Max. Y, ahora, el pronóstico de un nuevo regreso a Marvel como villano, como el mítico Victor von Doom. “Nueva máscara, misma tarea”, anunciaba Downey Jr. en un evento de Comic-Con en San Diego a mediados del año pasado, después de revelar la máscara plateada y la capa verde del personaje ante la algarabía de la multitud que lo rodeaba. El personaje fue interpretado previamente por Julian McMahon en Los 4 fantásticos (2005) y en la secuela Los 4 fantásticos y Silver Surfer (2007). Además, un reboot en 2015 contó con el actor Toby Kebbell como un desangelado Doctor Doom sin nada para recordar. Ahora está previsto que Downey engrandezca al personaje, lo eleve quizás a una mística que solo él puede darle en las venideras apuestas de la franquicia: Avengers: Doomsday, que se espera se estrene en mayo de 2026, y en Avengers: Secret Wars, un año después.
Sesenta velitas no parecen demasiadas. Hay un nuevo tiempo que se avecina, seguro será el de un nuevo renacer tan esperado como los anteriores.
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